Como bien dejamos en claro en anteriores artículos, cualquier momento del año es bueno para conocer las maravillas que México tiene para ofrecer, pero no hay dudas de que una de las fechas donde mejor se puede apreciar el acervo cultural del país es el 2 de noviembre, fecha en que se celebra el particular Día de los muertos y que los mexicanos tanto aprovechan para fortalecer los lazos entre el mundo terrenal y el más allá.

Dicha tradición que año a año se lleva a cabo en importantes puntos del territorio mexicano, tuvo su origen hace casi 3.000 años y estaba relacionada con el calendario agrícola de los aztecas, en el cual cada vez que éstos finalizaban el período de las cosechas, se comunicaban con los seres que habían desencarnado y de esa forma sentían que podían compartir con ellos todas las riquezas que la tierra les había otorgado a modo de retribución por los sacrificios que realizaban a diario.

Pero lo cierto es que esta práctica (mitad económica y mitad espiritual) no siempre se aplicó de la misma forma, ya que a la llegada de los españoles, éstos no vieron con buenos ojos el ritual pagano de comunicación con los muertos, y sintieron que debían encontrar una forma de legitimar esas prácticas ante la Santa sede, razón por la cual decidieron darle al 2 de Noviembre (Día de todos los Santos, en conmemoración por la matanza de niños promovida por Herodes en tiempos de Cristo) el carácter oficial de Dia de los muertos, tal cual como se lo concibe hasta el día de hoy.

Para muchos de los que no comparten el rito ancestral de reencuentro con los difuntos (instaurado no sólo en México sino también en algunas poblaciones de Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia) muchas de las prácticas que se llevan a a cabo ese día podrán parecer algo extrañas, pero lo cierto es que lejos de serlo, para ellos constituye una excelente manera de comunicarse de una forma “alegre” y menos traumática con el alma de los seres que ya no están.

Ese día, desde muy temprano, los deudos comienzan a poblar poco a poco los cementerios, y ubicados en grupos frente a las tumbas de sus muertos, comienzan a adornar los panteones con flores, muñecos, esqueletos en papel maché, calaveras de mazapán e incluso llegan a colocar la bebida predilecta del difunto, libros o cualquier otro objeto que en vida haya sido de su agrado y placer.

Allí (siempre acompañados por alguna imagen de la milagrosa Virgen de Guadalupe) los familiares oran, prenden velas, cantan y hasta en algunos casos, a los más adinerados se los puede ver acompañados por mariachis que contratan especialmente para musicalizar el encuentro.

Día de los Muertos

La otra forma de celebración (casi imposible de participar si se es turista) son aquellas que se llevan a cabo en forma privada, en las casas de los familiares de los difuntos. Así es como, a diferencia de los que asisten al cementerio con las pertenencias del fallecido, éstos otros colocan en un ambiente de la casa, un altar especialmente diseñado (generalmente con fotos, velas, tequila, cigarros, pan de muerto) y durante todo ese día, se dedican a compartir con esa alma la visita a la tierra que Dios les otorga una vez al año.

Todos los que quieran presenciar en vivo y en directo esta pintoresca celebración, además de estar allí el 2 de noviembre, deberán desplazarse hasta algunos de los pueblos donde aún mantienen esa tradición, ya que este día no se celebra del mismo modo en todo el país. En la actualidad, la mayor aglomeración de personas en cementerios públicos se dan en Michoacán (donde la directora Julie Taymor rodó escenas de Frida) Tlahuac, Mixquic y en menor medida, en algunos pueblos de Oaxaca, Puebla y otros ubicados en el Istmo de Tehuantepec.

Durante casi toda esa jornada dedicada a los difuntos, en los cascos urbanos y más comerciales de esos pueblos, pueden verse coloridos puestos de flores y mesas colmadas de estatuillas esqueléticas, reproducciones de la Catrina de Guadalupe Posadas (tomada como la imagen más representativa que se ha hecho de la muerte) calaveritas comestibles (llamadas también “calacas mitoteras”), velas y hasta las más variadas reproducciones de San Miguel Arcángel y la Virgen de Guadalupe (considerada la madre protectora de todas las almas que partieron al paraíso).

Para aquellos viajeros que tengan la suerte de participar en algunas de estas celebraciones e ingresen en algún cementerio, no olviden guardar ciertas formas que en su mayoría - lejos de obedecer a cuestiones protocolares - más tienen que ver con el respeto que merece ese momento, el cual está teñido por una gran mística y una importante muestra de fe. Asimismo, aconsejamos que mientras se permanece en el espacio del cementerio, mantenerse en silencio (sin interrumpir momentos de oración), evitar tomar fotografías o filmar (a menos que obtengan la autorización expresa de quienes van a retratar) y procurar no asistir con vestimentas deportivas o demasiado informales, ya que se está participando de una ceremonia de carácter religioso y no de un espectáculo turístico.

Poder compartir ese día tan especial en el mismo marco que lo hacen los mexicanos, seguro que será una experiencia inolvidable y una excelente opción para replantearse la concepción de uno de los temas que más acompleja al ser humano: el de la muerte.